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Mira Quién Mierda Baila
¡Mira Quién Baila! es ese programa de La 1 donde un montón de gente famosa hace el chorras delante de las cámaras. Si tuviera que enumerar todos los defectos de esta basura no acabaría nunca, pero para mi el más importante es que se emita en la tele pública. ¿Qué mierda de televisión tenemos que nos idiotiza con un programa tan infecto? ¿Estamos pagando con nuestros impuestos ese montón de excrementos? No es mi intención faltar al respeto a la gente que lo ve, que supongo que alguno habrá o no seguiría en antena, es que da una vergüenza ajena que supera la capacidad de la mente humana. Lo verán por la Igartiburu, supongo.
Si obviamos el detalle de que se emita en La 1, tampoco mejora la cosa. Por ejemplo, no sé que pinta Mariano Mariano de jurado. Corregidme si me equivoco, pero creo que mucha idea de baile no puede tener. Hasta el nombre del programa parece que lo haya ideado un mono. Mira quien baila. Pues prefiero mirar para otro lado, la verdad.
Hay mucho patetismo en este programa basura, pero en esta edición han rizado el rizo con la inclusión de un participante que no pasará precisamente a los anales de la historia del baile: el torero y viudo de la Jurado, José Ortega Cano. Hay que reconocerle el mérito a este señor. O no le importa hacer el ridículo para sacarse la pasta o es que directamente no se da cuenta. Puede que hasta piense que lo hace bien, y sueñe con convertirse en el nuevo Fred Astaire. Observad vosotros mismos.
Colosal, sin duda. Y lo más genial de todo es que a este tío le pagamos nosotros para que haga el tonto en la tele. Por mucha vergüenza que nos de, es así. Va siendo hora de que le cambien el orden a las dos cadenas, que La 1 pase a ser La 2 y viceversa y se sepa cuales son nuestras prioridades… ostias.
Se acercan malos tiempos
Aunque en estas fechas debería estar contento por haber finiquitado los exámenes, lo cierto es que una sombra se acerca con paso lento y ruido de tambores y amenaza con cubrir estos días soleados. Me refiero a la Semana “Santa”, donde la sociedad española hace un sentido homenaje a los siglos y siglos que la Iglesia Católica lleva puteando al ser humano. Siglos en los que cualquier intento de mejorar socialmente o de investigar racionalmente la naturaleza y el mundo que nos rodea han sido sistemáticamente destruídos por esta organización de mafiosos en un intento ruin de perpetuar su poder. Siglos en los que la mafia religiosa ha luchado por extender la ignorancia y el miedo entre las personas, quemando gente inocente en la hoguera o simplemente amenazando con llamas y dolor eterno a los que no querían seguir su mensaje de “paz”.
Dinero y poder, ese es el mensaje de la Iglesia. Aceptando las ofrendas de los nobles y burgueses medievales que querían comprar su parcela de cielo. Perdonándoles sus pecados por una módica cifra. Justificando las injusticias del mundo con la frase “Dios quiere que sea así, tu misión es servir a tu Señor, morir de hambre por él si es preciso, dejar que viole a tu hija si así lo quiere.” Apoyando dictaduras y ejecuciones, siendo a veces ellos los ejecutores.
Hoy, a dos años de entrar en la segunda década del siglo XXI, esta mafia sigue sin cambiar, sigue queriendo encadenarnos a la ignorancia de sus falsas creencias. Siguen apoyando que las mujeres mueran maltratadas por sus maridos, siguen sin tolerar a los homosexuales, mientras abusan de sus monaguillos y aquí paz y después gloria. Siguen empeñados en adoctrinar a nuestros hijos en las escuelas públicas, enseñándoles que la ciencia se equivoca, que lo único que vale es lo que dicen ellos, aunque sea un disparate. Negando la evolución y sus evidencias científicas, insultando a toda creencia que no sea la suya.
Así que por qué no, salgamos a la calle esta Semana “Santa”, disfracémonos de payasos (con todo mi respeto a tan noble profesión) y honremos a aquellos que siempre han deseado nuestro mal. Llorémos al paso del Cristo y gritémosle guapa a la Virgen De La Macarena. Sigamos siendo sus lacayos unos cuantos siglos más.
P.D: Dios debe estar revolviéndose en su tumba.
Enlaces interesantes:
Polo Flash, El mito.
Gominolas. Chucherías. Golosinas. O como muchos de nuestros padres las llamaban en un ataque de ira, “Las mierdas esas”. Eran baratas, de sabores y formas diversas, y desembocaron en un crecimiento desorbitado de visitas al dentista en nuestro años más mozos.
Pero no todas estaban cargadas de carbohidratos inútiles y azúcar en cantidades industriales. Algunas eran un soplo fresco en los calurosos veranos. Cuando no nos llegaba la paga de 100 Ptas semanales para pillarnos un Calipo, Drácula, o FrigoPie, siempre podíamos recurrir al sucedáneo más popular de su momento. EL POLO FLASH, de la marca KELIA, la de la ranita.
Este económico helado era, básicamente, un potingue asqueroso de diferentes sabores cargado de edulcorantes, colorantes, y productos químicos sacados del bidón donde cayó Melvin allá por 1985, y que oscilaba entre las 5 y las 25 Ptas – 1 ó 5 duros a la cuenta de la vieja – dependiendo siempre del tamaño del producto. Toda una maravilla dentro de la mermada economía del churumbel medio español.
Lo primero que llamaba la atención del producto era su alargado envoltorio de plástico en cuyo lado opaco, encontrábamos la mascota empresarial, la ranita verde con zapatillas deportivas relamiéndose mientras portaba dicho producto en la otra mano. Daba buen rollo. Veías la ranita y pensabas: “Si a la rana le gusta, a mi seguro que también”. Y efectivamente, su frescor, sabor, y adictividad no conocían límites.

Por el otro lado, el envoltorio era transparente. Esto se convirtió en una grandísima idea ya que, gracias a ello, podias escoger el sabor que más te gustase entre la gran variedad que poseía la marca. Lo único que tenías que hacer era meter la mano en el arcón congelador de tu tienda habitual y rebuscar entre la marabunta de colores que allí se hallaban. El más popular siempre fue el de Cola… cosas de la juventud.
A priori, esto supone una ventaja. Poder rastrear el sabor preferido y escogerlo era un lujo pocas veces permitido. Pero a la largo del día, se convertía en una maldición egipcia. Conforme pasaban las horas, el arcón se vaciaba de los sabores más populares, y los últimos en llegar – los que se habían tirado hasta las 20:00 jugando al futbol y tenían la lengua como una lija de agua – se tenían que conformar con los sabores desechados, como el de naranja, el “pitufo” – ese azul celeste – o el de fresa. Porque todos sabemos que quien comía un helado de fresa, era una nenaza.

Además, tras muchos niños, con las manos llenas de bacterias y demás inmundicia propia del suelo del parque, que habían buscado sus sabores preferidos y manoseado los otros, las condiciones de salubridad en las que se encontraban eran las propias para coger una Tenia, la lepra, o una diarrea de las que hacían historia en tu familia. En conclusión, el último pringaba siempre.
Una vez abierto tras una ardua tarea en donde uno se podía dejar los dientes, se comenzaba a degustar tan fresco producto con toda el ansia de la juventud, y del que tiene la garganta desierta. Fueran las ansias, o fueran nuestras diminutas bocas, al cabo de un rato este delicioso manjar se convertía en un arma de destrucción masiva. Y es que, poseía unos flecos de plástico a los lados que, poco a poco, iban rajándote las comisuras hasta convertirte en el Joker. Al principio, esto no importaba ya que el fresco bajaba el dolor, pero cuando este se acababa, y pasaba un rato, el dolor comenzaba a hacer de las suyas, y los insultos a la ranita volaban a un ritmo vertiginoso.
Pero no todo era negativo en este magnífico compendio químico gustativo. Su cojonudo sabor, su refrescante contenido, y su precio hacían de él “El Gran Quesote” de los helados. He dicho antes que el precio dependía del tamaño, y eso era cierto. Los de 1 duro eran relativamente largos. Los de 2 duros eran un poco más anchos pero más achaparrados, y los de 5 duros eran auténticos torpedos de sabor dirigidos a tu boca. El Nacho Vidal de los helados.
También eran los más letales. No todo podía ser bueno. Cuanto más grandes, menor era la distancia entre los flecos “infernales” y la comisuras de la boca. Al final tenías que comértelos por fascículos. Pero todo eso no dificulto su gran éxito, hasta el punto, de que, en una jugada empresarial digna de la corporación OCP, crearon toda una leyenda dentro del mundillo. Los de Dos Sabores.

Estos eran, básicamente, polos de 5 duros, pero con un plástico interior separador entre dos secciones que poseían dos sabores diferentes, y que, mediante la combinación de ambos, se podían llegar al orgasmo culinario más absoluto. Los sabores utilizados, curiosamente, eran los menos populares, seguramente para quitárselos de encima. Limón, naranja y fresa se mezclaban entre sí para dar lugar a un manjar divino.
Por último, destaquemos un acto casi ritual. Era prácticamente imposible comerte el citado polo, en cualquiera de sus variantes tamaño-precio, sin que se te derritiera un mínimo. Al final, siempre quedaba el jugo. El liquido primigenio que daba todo su sabor, esencia, y toque químico inigualable a tan preciado manjar. Para conseguir este tesoro líquido, tenías dos formas: O lo volcabas a tu garganta o chupabas el plástico para que el líquido subiese poco a poco, y así disfrutarlo al máximo. Esto variaba según el niño, pero por lo general, las dos técnicas eran validas, y eran aplicadas por los zagales indistintamente.
Hoy en día, podemos seguir encontrando este producto en tiendas de golosinas, y diferentes grandes superficies, pero poco a poco se han visto desplazados por sus hermanos mayores de cucurucho o tarrina. Y además, se han visto asediados por sucedáneos que han intentado copiar su formula con más o menos resultado, pero sin ese toque que los hacían únicos.