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El Quimicefa
Qué envidia me dan los niños el día 5 de enero. Verlos a todos tan emocionados esperando recibir una Play 3 o el juego de mesa de Allá Tú me hacen recordar aquellos momentos en los que yo era un criajo también y aguardaba ansioso el momento en que los Reyes Magos se colaran en mi casa con nocturnidad y alevosía para dejarme regalos. Y aunque yo esperaba recibir balones de fútbol, videoconsolas o Caballeros del Zodiaco (el definitivo muñeco súper-articulado), a veces los cabritos de los Reyes me dejaban algo que ellos llamaban “juguetes educativos.”
El globo terráqueo retro iluminado, por ejemplo, me gustó bastante, hasta que descubrí que aunque fuera esférico, no se podía usar para darle patadas. La tortuga, con la que aprendería a ser responsable por tener un ser vivo a mi cargo, solo me enseñó que la vida es muy dura cuando vives en una caja de plástico de 30×30 cm. La flauta solo sirvió para fastidiar a los vecinos e iniciar a posteriori una carrera de músico que se frustró, más o menos, cuando descubrí que era más cómodo escuchar música que crearla. Además, ¿iba a poder formar algún grupo tan bueno como Pink Floyd, Supertramp, Slayer, Queen, Pantera…? No. ¿Entonces para qué molestarme?

Si hay un juguete educativo que recuerdo con especial nostalgia, ese es el Quimicefa. No sé si era así en realidad, pero para nosotros los juegos de Cefa eran los primos bastardos, las imitaciones, de sus homólogos de Nova. Quizá fuera porque el Cheminova se anunciaba en televisión y su slogan era pegadizo (“Juguetes para compartir.”) y el Quimicefa que yo recuerde no salía por la tele. Así que cuando el día de Reyes rompí el envoltorio lo primero que pensé fue: “Jo, me han traído el malo.”
El disgusto duró hasta que abrí la caja y vi todos esos tubitos llenos de sustancias coloridas y extrañas. Me iba a convertir en un científico loco como el de El Mundo de Beakman, y podría crear productos que me darían superfuerza o visión de rayos X. Estaba equivocado, pero igualmente tenía su aquel observar todas las reacciones que se creaban al mezclar o calentar las sustancias. Por supuesto, venía con un libro de experimentos y daba una gran satisfacción cuando tenías éxito y veías cambiar súbitamente de color la sustancia X al echarle una gota del líquido Y.
Toda acción tiene su reacción (nunca mejor dicho) y en este caso eran las broncas de mi madre cuando manchaba algún mueble con mis experimentos de genio malvado. En cierta ocasión, mi madre hablaba con la vecina sobre una mancha realmente difícil de limpiar en el sofá. “Uh, pues el sulfato de cobre no sale con nada.”, le dijo. Su hijo también había recibido un Quimicefa las navidades pasadas. A pesar de todo, tampoco podía enfadarse mucho conmigo, porque el Quimicefa me lo habían regalado ellos, por lo tanto tenía que ser bueno. ¿O no?

Pues al parecer, no tanto. Ha habido varios accidentes relacionados con el juego, y cuando digo accidentes quiero decir explosiones. Tenéis más información aquí y aquí. No os preocupéis que la versión que se comercializa actualmente no tiene productos peligrosos, o eso dicen. De todas formas, me parece de pura lógica que si regalas un juego de química a un niño lo supervises mientras lo utiliza. Si no, luego no te quejes cuando el cacharro explote. Y por favor, no lo prohibáis, que los zagales están superprotegidos hoy en día. Dejadlos que se caigan y se raspen las rodillas, que se lleven las manos a la boca y que jueguen con productos potencialmente explosivos. Todo sea por la ciencia.
Juguetes Chorras
Cuando se es niño todo parece maravilloso. El verano parece no tener fin, las series de televisión son todas cojonudas y cualquier juguete te parece la octava maravilla. Pero, lo cierto, es que cuando creces un poco te das cuenta de que hay algunos juguetes que no hay por donde cogerlos y, lo peor, que siendo chorras han triunfado de una manera increíble.
Y eso es lo que vamos a tratar hoy en Reventao.es, tu web amiga. Los juguetes chorras son algo que nos ha perseguido desde que los creativos de las compañías descubrieron el peyote, el LSD o los peta zetas con Coca – cola. Todos los años cuando se acercaba la época navideña la televisión era invadida por multitud de anuncios de juguetes a cada cual más tontaco pero que, incomprensiblemente, se vendían en cantidades industriales y que tirábamos al fondo del cajón de los juguetes esperando que el polvo los deshiciese.
Vamos a analizar algunas de esas creaciones en un estudio sin precedentes para que veáis como la idea más gilipollas tiene más éxito y es más popular que cualquier hallazgo científico que os podáis imaginar. Agarraos los machos que empezamos.
Mr. Potato.
Inventado en los años 40 como premio dentro de las cajas de cereales – como los Krusty Discos – fue vendido debido a su escaso éxito a la Hasbro que lo comercializo como juguete a partir de los años 50 haciéndose de oro con una chorrada como un piano de grande.

Que alguien me explique donde está la diversión en colocarle el bigote o los ojos mal a una patata. Quizás cuando eres un tierno infante que juega con barro y mete las manos en la mierda del perro pueda tener algo de interés la primera semana pero después se convierte en tu trasto inútil al que se le pierde una mano y te la suda. Vamos, una tontería de juguete que ha salido en películas – las dos partes de Toy Story – e, incluso, ha tenido su propio Show en la Fox junto a su mujer y a sus hermanos Spud y Yam.
Tragabolas.
Y no me refiero al pardillo del instituto o a la que se lleva a tantos amigos al descampado de detrás de tu casa, sino al “divertido” juego de la Milton Bradley Company - .A.K.A MB – que ha causado más muñecas abiertas que una película de Asia Carrera.
Nacido a finales de los 70, los Hungry Hippos se convirtieron en un reclamo popular por parte de los críos y en un germen de peleas y odios fratricidas años más tarde. Su simple mecánica de juego consistía en mover una palanca con la que la cabeza del hipopótamo del jugador se alargaba abriendo la boca y tragando una serie de bolas de plástico blanco ganando el que más bolas tenía en su poder al terminar el juego.

Ergo, el juego se resumía en darle lo más rápido posible a la palanca hasta el punto de que te sangrasen las manos, sin ritmo alguno, sin estrategia, sin nada, como si estuvieses cascándotela pero a lo bestia hasta que la cosa acababa. Una gilipollez del calibre 45 que no aportaba diversión alguna más allá de la tercera partida, aburría de cojones y encima tenía el inconveniente de que las bolas de plástico desaparecían en el vórtice que todos tenemos en nuestra casa y que se encuentra bajo el sofá.
Operación
Creado a mediado de los 60 por MB – que parece la Microsoft de los juegos de mesa – la simple mecánica de juego no se corresponde con lo jodidamente imposible que es.
Ideado como una variante moderna del wire loop game consistía en sacarle con unas pinzas las diferentes partes de al paciente según unas cartas que previamente habías cogido sin que dichas partes o pinzas tocasen las paredes donde se encontraba la pieza porque sino al paciente se le encendía su roja nariz. Por cada pieza sacada, dependiendo del lugar, puntuaban desde los 100 hasta los 1000.

¿Fácil? UNA MIERDA. El juego era imposible de completar debido a que tenías que tener un pulso de autentico neurocirujano para poder sacar algunas de las piezas y, cuando a la tercera partida, te dabas cuenta de que estabas intentando salvar a un paciente que ya venía muerto de antemano, mandabas el juego a tomar por culo, sí es que antes no se acababan las pilas – que chupaba más que la Game Gear-.
Aún así el juego ha tenido un éxito acojonante y podemos encontrar diferentes versiones del susodicho. Y cuando me refiero a diferentes versiones me refiero a que en la fabrica le cambian la pegatina del paciente con cara de desahuciado por una de Shrek, Bob Esponja, Spiderman o más recientemente Homer Simpson.
Bola Buum
Otro magnate de los juegos que también tiene unos creativos que, como mínimo, son familia de los que idearon ese concurso de gran éxito llamado Escuela de actores. Bizak, sabe que el verano es para disfrutarlo e ideo una serie de juegos al aire libre con los que los zagales pudiesen entretenerse y sudar.
Entre todos sus juegos destaca, sin duda, Bola Buum. Es una especia de bola de plástico como las que se utilizan para encerrar a los hámster pero con un cronometro en un lateral. En dicha bola se introduce un globo de agua, se coloca un tiempo en el mencionado cronómetro y la bola va pasándose entre todos los jugadores al azar hasta que el cronómetro llega a cero y el globo explota. Un niño mojado y un montón que lo collejean por pringado.

Esta tontería de unos 30 euros aprox. supone un desembolso absurdo ya que un paquete de 100 globos de agua puede salir por 1 euro y el resultado es el mismo: Un niño mojado y un montón que lo collejean por pringado. Pues aun así, este producto tontaco de Bizak es uno de los más populares entre sus juegos, de los más vendidos y no hay verano en donde no salga un anuncio del mismo. Seguro que la canción lleva oculto un hipnótico mensaje a lo “Panda Tope“ para que los padres lo compren porque si no, no me lo explico.
Trompirosquis
A veces no era suficiente con que tus padres/familiares te regalasen un juguete que debería ser condenado a pena capital sino que, además, había el peligro de que para acercarse a ti e intentar dejar de ser una familia desestructurada comprasen uno en que pudiera jugar toda la familia a la vez. Y trompirosquis era de ese tipo.
Creado por la mítica Borras – fundada en 1897 bajo el nombre de Borras Plana – , más conocida por sus juegos de magia y por generar multitud de puzles a los que siempre les faltaba una pieza, los trompirosquis vieron la luz catódica las navidades de 1993 y su anuncio genero pesadillas sobre horrendos mutantes en la mente de muchos chavales de la época.

El juego consistía en ponerte unas mascaras a imitación de elefante con una larga trompa y con la parte de los ojos de colores – verde, rojo, amarillo y azul – y coger una serie de aros que encajaban con esos colores mediante dicha protuberancia. Ganaba el que antes cogiese todos los aros con su trompa. Mecanismo sencillamente chorra que rondaba las 5.000 ptas de la época y que además provocaba traumas por culpa de chistes malos con ese animal y algún que otro ojo sacado durante el ímpetu de conseguir las roscas antes que ningún otro.
Lo curioso es que tuvo un mediano éxito – Borras mantuvo un buen nivel aunque nunca lo llegó a petar del todo – y mucha gente adquirió semejante engendro que rápidamente desechó al fondo del armario como había hecho con muchos otros como el bote de piezas de lego o la abuela.
Como siempre nos dejamos juguetes en el tintero como el Blandiblú, los muñecos que iban en bolsas que las metías en agua y se deshacían o el cocodrilo sacamuelas, pero siempre puede haber una segunda parte conforme se acerque navidad, auténtico bastión de genios de la creación.
La Bola Loca, el juego del verano
Os acordáis, ¿verdad? Comercializado por la mítica Comansi, el juego consistía en dos o más jugadores pasándose una pelota de goma que había que atrapar con un mango. Mediante un sofisticadísimo sistema, al tapar con el pulgar un agujero que había en dicho mango la pelota quedaba sujeta a él. Cuando querías lanzarla quitabas el pulgar y la pelotita quedaba libre otra vez. Suena fácil, pero era chungo de cojones, y la mayor parte del tiempo te lo pasabas corriendo a buscar la bola.

Era ideal para jugarlo en la playa, lugar perfecto para fliparte con los amigos y tirarte cual Zubizarreta a atraparla. El invento alcanzó tal popularidad que casi superó a las clásicas palas, y no era raro mirar a tu alrededor y encontrarte a dos o tres grupos jugando a la Bola Loca para luego darse el chapuzón. Yo tuve una, y tengo que reconocer que fue uno de los regalos que más ilusión me han hecho en mi vida. Me gustaba tanto, que cuando se rompió ahorré para comprarme otra por mi cuenta.
No conozco la fecha de su lanzamiento, pero en los 70 ya lo estaba petando. Fue en los 90 cuando dio sus últimos coletazos y desapareció. Al contrario que otros juguetes que vuelven al cabo de un tiempo, la Bola nunca ha sido relanzada. ¿Por qué? Quizá porque ahora no estaríamos preparados para disfrutar un juego tan tosco y simple. Si no funciona a pilas, no nos mola. Y es una verdadera lástima, porque la Bola Loca podría ser de los únicos juegos capaces de convertirse en un nuevo clásico playero, junto al Frisbee y las palas.
En plena fiebre por los Juegos Olímpicos, cuando la gente se interesa de repente por deportes como la esgrima o el hockey sobre hierba, me ha parecido justo dedicarle unas palabras a este juego del que nadie se acuerda nunca. ¡Larga vida a la Bola Loca!