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American Psycho

Seguimos hablando de asesinos. En mi anterior post fue Chucky, hoy le toca el turno al más despreciable serial killer de ficción. En 1990 se publicaba una de las novelas más controvertidas de la década: American Psycho, de Bret Easton Ellis. Es la historia de un yuppie de Manhattan, un joven ejecutivo de alguna importante empresa. Se llama Patrick Bateman, es rico, y vive para comprar artículos de lujo, usar ropa de diseñadores y comer en restaurantes caros. Le obsesiona no saber si se pueden combinar los tirantes con chaquetas de sport. Odia que el cerebro de una prostituta le manche el Picasso que tiene sobre la cama.

Se define a si mismo como un cascarón vacío. Un cascarón que tiene apariencia humana, pero que no es capaz de sentir nada excepto envidia y avaricia. Ni siquiera mata por saciar algún instinto oscuro, como Dexter. No experimenta alivio, ni tranquilidad, cuando usa una taladradora para torturar a una mujer. Tampoco cuando escucha a otra gritar tras haberle introducido una rata viva (y hambrienta) por la vagina. Lo hace porque puede, porque todo el mundo es inferior a él. Es capaz de matar a un niño en el zoo, detrás de unos setos, mientras su madre observa a los chimpancés, o de partirle la cabeza por la mitad a un colega de trabajo por llevar la cuenta de algún cliente importante. No existen motivos. No los necesita.

Bret Easton Ellis machaca con un cinismo atroz a las clases altas. Narrado en presente y primera persona, con frases cortas y directas, el libro nos transporta a ese mundo que Ellis quiere que veamos. Personajes absolutamente faltos de humanidad, descritos siempre por la ropa que llevan o el nivel de bronceado de sus caras, capaces de quemar un billete de cien dolares en las narices de un mendigo y de pasarse después horas discutiendo sobre donde irán a cenar.

Páginas y páginas llenas de conversaciones vacías, de situaciones absurdas, de hablar sobre tías buenas, manicuras y restaurantes (y capítulos enteros dedicados a Whitney Houston o Genesis), pasan con naturalidad a los asesinatos más gráficos que he leído. Un par de ejemplos bastante suaves:

“Llevo un traje de Joseph Abboud, una corbata de Paul Stuart, zapatos de J. Crew, un chaleco de alguien italiano, y estoy arrodillado en el suelo al lado del cadáver, comiéndome los sesos de la chica, deglutiéndolos, echando Grey Poppon sobre trozos de carne rosa, sensual.”

“Puedo decir que va a ser una muerte característicamente inútil, sin sentido, pero ya estoy acostumbrado al horror. No lamento nada, y para demostrármelo, al cabo de un minuto o dos de ver a la rata moverse en su bajo vientre, [...] uso una sierra mecánica y en cuestión de segundos corto a la chica en dos. [...] Solo le queda media boca y me la follo una vez, luego otra, tres veces en total. Sin ocuparme de si respira o no, le saco los ojos utilizando los dedos.”

Lo que impacta no es la violencia, sino el mensaje que la acompaña. A Bateman no le va a pasar nada. Puede seguir cometiendo esos actos sádicos y nadie lo va a detener. Ni siquiera una confesión directa por su parte hace que alguien se interese por denunciarlo. En su mundo todos hacen la vista gorda, pues realmente a nadie le importan los demás.

Si todavía no lo habéis leído, buscad un motivo para hacerlo. Puede que lo que os interese sea su alto contenido en gore y sexo duro, o su crítica a los altos ejecutivos deshumanizados; el caso es que no os va a dejar indiferentes. Lo tenéis en la Fnac o por el método rápido, preguntándole a Google. Os dejo con un par de enlaces interesantes.

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2000/06/19/anticuario/961438908.html

http://www.babab.com/no24/easton_ellis.php