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El pasado chorra de Tom Hanks

Puede ser un combatiente de la II G.M, un inmigrante krakozhiano, un discapacitado mental o un enfermo de sida. Puede viajar a la Luna o quedarse atrapado en una isla desierta. Es Tom Hanks, un actorazo como la copa de un pino, que ha demostrado ser capaz de hacer creíble casi cualquier personaje. Tomemos Náufrago como ejemplo. ¿Os imagináis a Keanu Reeves interpretando al desafortunado Nolan? A la media hora estaríamos deseando que el Señor Wilson empezara a hablar. Y no estoy criticando a Keanu Reeves (confieso que me gustan sus interpretaciones), es que esa peli solo la podía haber hecho un actor como Tom Hanks, un tío que llena la pantalla y que por sí solo la hace grande.

Es el único actor de la segunda mitad del siglo XX que ha recibido dos Oscars consecutivos (por Philadelphia en el 93 y Forrest Gump en el 94), y desde entonces se puede decir que solo ha hecho películas serias, o al menos dramas con tintes de comedia (Atrápame si puedes, La Terminal). Me gusta el buen cine, como a todo el mundo, pero no podemos olvidarnos de los comienzos de este intérprete: las comedias chorras ochenteras.

Estas películas, como mucho de lo que se hacía en esa década, no destacaban por su especial calidad, ni por tener un guión brillante, pero tampoco hacía falta. Quizá sea culpa de esa putilla llamada nostalgia el hecho de que aquellas comedias me parezcan mucho mejores que la mayoría de las que se hacen hoy en día, pero así es. Los ochenta fueron la época dorada de las pelis “de risa”, y Tom Hanks uno de sus máximos exponentes.

Esta casa es una ruina

¿Quién no recuerda un clasicazo como The Money Pit, o Esta casa es una ruina, como se vino a llamar en España? Una joven pareja encuentra la casa de sus sueños a precio de ganga, pero después de comprarla descubren que va a necesitar algo más que una pequeña reforma. Está plagada de gags inolvidables, pero uno de mis favoritos es el de la chimenea. Después de haber sufrido las penurias de la ruinosa mansión, Walter enciende la chimenea solo para ver como se cae a pedazos. Acaba con la cara llena de hollín y ya a vuelta de todo, le desea buenas noches a su mujer y se mete en la cama. O los mirones albañiles, que durante meses afirman que solo les quedan 3 semanas para terminar.

En Dos Sabuesos Despistados, Tom Hanks compartía protagonismo con el actor cómico de moda, Dan Aykroyd. Parodia de la serie de los cincuenta Dragnet, interpretaban a dos ineptos policías de Los Angeles que tenían que resolver una serie de extraños robos. Vale, es la típica comedia para una tarde aburrida, pero tenía algunos puntos muy buenos. Yo le tengo un cariño especial, pues es una de esas películas que grababas en VHS de niño y la veías hasta la saciedad. Tanto que al final tus padres acababan escondiendo la cinta o grababan encima Informe Semanal. Todavía no les he perdonado.

En Big, un niño pide un deseo a una máquina de la feria. Quiere ser mayor. El deseo se cumple, por supuesto, y el niño tiene que enfrentarse a la dura vida de un adulto. Por esta buena comedia Hanks recibió su primera nominación al Oscar. La gracia de la peli era ver a un criajo en el cuerpo de un adulto, o más bien a un adulto comportarse como un niño. No era tan chorra como las demás, esta tenía su mensaje. Básicamente que cada cosa a su tiempo, y que mejor disfrutemos al máximo de todas las épocas de nuestra vida porque solo las vamos a vivir una vez. Escenas como la del piano gigante en el centro comercial son ya un clásico.

Socios y sabuesos

Socios y Sabuesos es la historia de un policía que tiene que adoptar a un perro, único testigo de un crimen, para que le ayude a resolverlo. Es una de las más flojas, la verdad, pero tiene la cosica de ver al perro haciendo esas cosas graciosas que hacen los perros. Orinar, defecar, babear… A eso le sumas a un Tom Hanks en su salsa y tienes una peli entretenida y que, como no, nos traslada a esa época delirante que fueron los tardíos ochenta.

No matarás... al vecino

No matarás… al vecino es cojonuda. Hay nuevos vecinos en el vecindario. Son muy extraños y de noche se oyen unos ruidos estruendosos que salen de su sótano. Todos sospechan de ellos, pero las sospechas se vuelven paranoias cuando un anciano del barrio desaparece. Este es el argumento de esta descacharrante película, donde todos los personajes se salen. Tiene el honor de ser la última comedia ochentera de Tom Hanks.

Puede que no fueran obras maestras, puede que hayan perdido algo de fuelle con el tiempo… pero me sigo riendo con los intentos de Ray por colarse en casa de los vecinos, o cuando veo a Walter atrapado en un hueco del suelo de su decrépita mansión. Y es que definitivamente Tom Hanks todo lo hace bien.

Los 80: La Moda asesina del Espacio Exterior.

Como lo retro está de moda entre los intelectualoides. Como mirar al pasado con nostalgia está más en boga que nunca, y volver 20 años atrás es lo más “Cool” que puedes hacer para quedar de sabelotodo… nosotros no vamos a ser menos, y nos apuntamos a comernos algo del pastel.

Los 80 fueron una etapa magnifica en la historia occidental. El culmen de una civilización que después comenzaría a decaer hasta convertirse en una sombra sobrealimentada de hamburguesas, pastillas y videoclips en los 90, y que daría como resultado un fenómeno deplorable, el “canismo”.

Pero no todo en los 80 fue grande. Es cierto que su música fue increíble, se puso de moda el culto al cuerpo, se derribo el muro de Berlín – del que todavía quiero mi trozo -, y el cine vivió, probablemente, su edad de plata en Hollywood.

chicas

La moda, fue la especia amarga de todo este estofado cultural. El único huevo caducado de la docena, que te comes sin darte cuenta, y que te da diarrea de órdago. Y es que, la moda en los 80, fue un despelote en donde lo imposible se hacía posible. En donde los colores impensables, eran la última tendencia, y en donde tener dos alerones de avión colocados encima de los hombros era lo más de lo más.

Pero hagamos un repaso a los diferentes experimentos de la moda en los ochenta, y quedémonos pasmados y con el culo torcido ante algo que, las generaciones posteriores, no han tenido el dudoso placer de disfrutar.

Las hombreras fueron el complemento por antonomasia en todos los trajes, vestidos, jerseys, sacos de patatas, que pululaban por las tiendas de ropa en los ochenta. De diferentes tamaños, estas hombreras creaban la sensación de tener una baguette metida en cada hombro. Con un casco y una buena coquilla, cualquiera podía salir al terreno de juego a hacer un buen touchdown.

A esto se sumaban los colores que trajes, camisetas, sudaderas, y demás poseían. Un amarillo plátano, un rosa fosforescente, un azul eléctrico, o un rojo pasión desbordante, eran los colores preferidos del ciudadano a la moda para provocar que sus vecinos se arrancaran las corneas con un sacacorchos.

Debido a que en esta época se puso de moda el culto al cuerpo, el machacarse en el gimnasio, y el intentar tener un cuerpo 10, fue inevitable la aparición de chandals de doble forro y de las mallas – leggins – que no sólo se convirtieron en reclamo de gimnasio, sino en complemento ideal para combinar con jerseys del tamaño de globos aerostáticos, o con faldas que combinaban alegremente cualquier forma y color. Por supuesto, que sería de esas mallas sin combinarlas a diestro y siniestro con calcetines, cada uno de un color, por ejemplo, rosa fucsia y verde pistacho, o con los mágicos calentadores, junto a chanclas con un leve tacón – dejaremos para otra ocasión las famosas Chanclas de plástico transparente de colores – . Ahora si puedes salir a pillar cacho.

Los complementos llegaron a su apogeo, y la muchachada parecía un escaparate de tienda de barrio chungo. Cinturones – siempre de dos en dos – , pendientes enormes, guantes de rejilla, pulseras de bolas o de pinchos, pañuelos de colores, sombreros, bombines, cintas en el pelo, collares luminosos y bisutería barata, se colocaban encima de uno como en aquel juego de ponerle objetos a la mula hasta que estos saltaban. Aquí no saltaba nada, salvo tu dignidad cuando salías por la puerta.

Si hay algo que siempre ha llamado la atención de esta época, ha sido las prendas vaqueras. Los famosos “vaqueros a la piedra” podían ser de dos géneros:

  • Normales, pero a los que tenias que hacerle una raja con la navaja de cortar el queso de tu abuelo, a la altura de la rodilla para estar a la ultima.
  • Sobaqueros, de amplio espectro en la cintura, y que no solían tener problemas de talla ya que tenían una goma elástica por sustento en la cintura.

Tanto unos como otros se podían combinar con botas, o con zapatillas, y era común en los hombres hacerse los duros, incluso más que Rob Halford, poniéndose chupas de cuero, de las de antes, de las buenas, con camisetas blancas de manga corta debajo. Una especie de rockabilly venido a menos, sobre todo cuando algunos llevaban tops blancos que dejaban su ombligo al aire, y poco a la imaginación de los demás.

Dentro de lo vaquero hacer mención especial a un fenómeno que arraso en los últimos coletazos de esa década maravillosa, las camisas vaqueras. Su proceso de elaboración era exactamente igual que el de los pantalones, a la piedra… o por lo menos por la piedra se pasaban el gusto ante semejante creación. Durante unos años fue muy común, ver en un mismo individuo, la siguiente combinación: Camiseta vaquera + Pantalón de chándal de doble forro (por fuera como tela brillante y por dentro algodón) + Paredes ó Yumas. Un trío de ases.

Las camisetas de cuadros y los tirantes se hicieron bastante comunes, al igual que los recuperados pantalones de pitillo para ellas – y ya sabemos que estos pantalones están a la moda, pero te hacen culo carpeta -. Los pies eran cubiertos por botas militares – momento de auge para las míticas Doc Martin -, zapatillas de deporte – Paredes, Yumas, J Hayber, botines lona Converse, o Adidas cuando todavía poseía esa marca de la llama -, los famosos náuticos, y las zapatillas de bailarina – retomadas en el nuevo milenio -, que podían, en ocasiones, acercarse al lamentable charol.

También es objeto de mención un tipo de moda que causo furor entre el género masculino en esos años, y todo gracias al hipnótico poder que la series comenzaban a desprender. Corrupción en Miami – Miami Vice -, irrumpió con fuerza en el mundo televisivo, y James “Sonny” Crockett junto a su compañero Ricardo “Rico” Tubbs hicieron mella en la volatín mente juvenil con la siguiente mezcla: Traje de color chillón remangado + camiseta de color chilló complementario.Esto se convirtió en todo un signo de distinción que la juventud comenzó a llevar como si de una panacea en el mundo del ligoteo se tratase… lamentable.

No me quiero extender más, ya que estoy a punto de un delirium tremens ante tanto color, vitalidad, y mezclas imposibles. Un día de estos, hablaremos de los peinados, que por sí solos, necesitan un capitulo para ellos solos.

Con esto queda demostrado que aunque los 80 fueron grandes, también tuvieron su oveja negra, y es que, como decía el filosofo: En toda casa hay un cuadro d´aleao.